Tu suelo pélvico dice
Permitime que me presente: soy un grupo de músculos y tejidos que cierra tu pelvis por abajo, del pubis al coxis y de un isquión al otro. Vos no me ves, pero yo trabajo para vos las 24 horas: sostengo tu vejiga, tu útero y tu recto; cierro las puertas para que no se te escape nada; me muevo con cada respiración; participo en tu placer; y si un día tuviste un parto, fui yo el que se abrió para dejar pasar la vida. Todo eso, sin que jamás me hayas visto la cara.
Rosana tenía 46 años cuando se miró por primera vez con un espejo. Enfermera, dos hijos, toda una vida cuidando cuerpos ajenos. En la segunda consulta me confesó, entre la risa y las lágrimas: «Conozco de memoria la anatomía de mis pacientes y no sabía cómo era la mía». Esa semana, mirarse fue su único ejercicio. Fue el que más le cambió el tratamiento.
El territorio
Imaginate tu pelvis como un cuenco de hueso. Ese cuenco no tiene fondo de hueso: el fondo es una hamaca elástica de músculos. Esa hamaca es tu suelo pélvico. No es una lona rígida: es más bien un trampolín vivo, que sube y baja con cada respiración, se tensa cuando lo necesitás y se afloja cuando le das permiso.
Y no trabaja solo: forma equipo con el diafragma (el músculo de la respiración, su techo) y con el transverso del abdomen (tu faja natural, sus paredes). Son tres socios: lo que hace uno lo sienten los otros dos. Acordate de este trío, porque en el capítulo 3 va a explicar casi todo lo que te pasa.
Adentro de esa hamaca conviven dos tipos de fibras musculares. Unas son maratonistas: sostienen todo el día, sin que lo notes. Otras son velocistas: reaccionan en una fracción de segundo cuando tosés, estornudás o saltás. Por eso, más adelante, vas a entrenar de dos maneras distintas: resistencia para las maratonistas, velocidad para las velocistas. Un buen suelo pélvico necesita a las dos.
Conocerlo en persona
Te propongo lo mismo que a Rosana. Buscá un momento tranquila, un espejo de mano y buena luz. Recostate, doblá las rodillas y mirá. Sin apuro y sin juicio: no estás buscando defectos, estás conociendo el territorio. Identificá la vulva, los labios, el clítoris arriba, la entrada de la vagina, y entre la vagina y el ano esa zona firme que llamamos periné o centro del periné. Es la zona que vas a aprender a sentir, relajar y fortalecer.
Segundo paso: apoyá suavemente los dedos sobre el periné (podés hacerlo con ropa interior puesta) y tosé. ¿Sentiste el movimiento? Ese empujoncito hacia tu mano es tu suelo pélvico reaccionando. Ahora probá lo contrario: hacé el gesto suave de retener pis y un gas al mismo tiempo. Si sentís que la zona se recoge levemente hacia adentro y hacia arriba, acabás de saludar a tu suelo pélvico por primera vez. Si no sentiste nada, no te preocupes ni un poco: le pasa a muchísimas, y reconectar esa sensación es exactamente parte de mi trabajo.
Hacé esto hoy
- Buscá un espejo y dedicate tres minutos a conocer tu territorio, sin juicio.
- Después, con la mano sobre el periné, tosé una vez y sentí el movimiento.
Para charlar en la consulta — anotá y traé
- ¿Qué sentiste al explorarte: curiosidad, incomodidad, sorpresa?
- ¿Pudiste notar el gesto de «retener» hacia adentro y arriba, o no sentiste nada?
- ¿Hay alguna palabra o zona del capítulo que te quedó dando vueltas?